El error más común: empezar por la tecnología
Muchas iniciativas de superinteligencia arrancan con una pregunta equivocada: ¿dónde podemos usar un modelo de lenguaje? La pregunta útil es otra: ¿qué proceso nos cuesta más tiempo, dinero u oportunidades hoy, y cuánto de ese costo se puede eliminar?
Cuando el punto de partida es un problema de negocio con dueño y métrica, la conversación cambia. Ya no se evalúa una demo; se evalúa si un flujo concreto mejora.
Los cinco criterios de priorización
Evalúe cada proceso candidato del 1 al 5 en estos criterios. Los que sumen más son buenos primeros casos.
- Volumen: cuántas veces ocurre por semana. Más repeticiones significan más retorno por cada mejora.
- Reglas conocidas: el equipo puede explicar cómo se decide. Si nadie sabe describir el criterio, la superinteligencia tampoco lo aprenderá.
- Datos disponibles: la información necesaria existe y es accesible, aunque esté dispersa.
- Costo del error: un fallo se detecta y se corrige sin daño grave para el cliente o la empresa.
- Dueño claro: hay una persona del negocio que responde por el resultado y puede tomar decisiones.
Candidatos que suelen funcionar bien
Ciertos flujos cumplen casi siempre los cinco criterios: responder consultas frecuentes de clientes, calificar y enrutar oportunidades comerciales, preparar propuestas a partir de un catálogo, extraer datos de documentos y conciliar información entre sistemas.
Tienen algo en común: son repetitivos, el equipo ya sabe cómo hacerlos bien y el resultado se puede revisar antes de que llegue al cliente.
Mida antes de construir
Sin línea base no hay forma de demostrar mejora. Antes del primer sprint registre cuánto tarda hoy el proceso, cuántas personas participan, cuántos casos se pierden o se retrasan y cuál es la tasa de error.
Dos semanas de medición bastan en la mayoría de los casos. Esos números se convierten en la meta del proyecto y en el argumento para escalar.
Defina qué significa terminar
Un primer caso bien planteado tiene un alcance que cabe en pocas semanas, un criterio de éxito cuantitativo y una decisión explícita al final: escalar, ajustar o detener.
Esa disciplina protege el presupuesto y genera confianza interna para el siguiente proceso.